Y
es que de repente, así como hace sesenta páginas lo estabas empezando, estás
acabando el último año de carrera. Entre despedidas, besos, alguna lágrima
furtiva (maldita alergia primaveral), actos de graduación y demás formalidades,
al menos has conseguido aprender a pronunciar la palabra TFG. Bueno, casi todos
lo hemos hecho, sigue habiendo excepciones. Y no es solo que sepas pronunciar
las siglas de tu Trabajo de Fin de Grado, sino que además lo tienes hecho, o
casi…. Y si no es así, pues deberías, que no queremos quedarnos sin verano, y
menos aún pagar una segunda matrícula de los dieciocho créditos del trabajito.
Por no hablar de lo de llevar días sin dormir y pasarse el día recorriendo el
pasillo de casa arriba y abajo intentando aplacar el ataque de nervios, que eso
no puede ser sano. Aunque sin duda es síntoma de haber tenido un año muy
divertido y muy relajado, así que puede que merezca la pena, lo probaré en la
próxima ocasión. Si es que hay próxima, que nunca se sabe… Porque, “¿qué vas a
hacer el año que viene?” es la pregunta más repetida de los últimos meses, una
especia de secuela de “¿qué vas a hacer para tu TFG?” Y la respuesta ha sido,
es y siempre será la misma: “no tengo ni la más remota idea”.
Y
diréis, bueno, déjate de historias, y cuéntanos que tal el trabajo, ¿qué has
aprendido, descubierto, imaginado, creado? Pero… ¿acaso he hecho algo de eso?
Puede que sí, pero seguramente fuera de modo inconsciente, así que va a ser
difícil contároslo. Y que conste que esto no es una excusa, que si os habéis
leído el resto del trabajo, veréis que es la explicación perfecta. Así que, ni
idea, no sabría exponer mi conclusión de forma clara. Sé que me ha gustado
pintar sobre esos papeles, garabatearlos, romperlos, llorar sobre ellos, a
alguno hasta le he gritado, aunque no pareció afectarle demasiado. Y eso es
importante ¿no? Que te guste lo que estás haciendo debería ser la prioridad de
todos los actos de nuestra vida. Tal vez en el fondo eso sea mi trabajo, un
grito, una llamada de auxilio de mi inconsciente, del vuestro, del de todos los
seres que pueblan el universo. Un último intento para que nos alejemos de esta
vida incoherente que llevamos, donde nadie hace lo que quiere, si no lo que
quieren los demás, que a su vez tampoco hacen lo que quieren. Y entonces, si
nadie hace lo que quiere, y nadie quiere lo que hace, puede que sea porque
nadie sabe en realidad lo que quiere. Porque nadie escucha esa voz interior,
ese Pepito Grillo, ese fantasma olvidado de la infancia que te hacia ser
travieso, escaparte y convertir cajas de cartón en castillos, a tu hermano en
bruja malvada y al gato en príncipe azul. Nadie hace caso de esas mariposas en
el estómago que te dicen haz esto o haz aquello, sin importar lo que suceda
después, sin importar lo que piensen los demás, o su rechazo, que no tiene otra
causa si no la envidia, ya que ellos no son libres de tomar sus propias
decisiones.
No
son libres de ser felices.
Escapa,
grita,
salta,
baila,
camina
sobre las manos,
circula
en dirección contraria,
besa
a un extraño por la calle,
corta
el filete con la cuchara,
ponte
un zapato por sombrero,
sonríe
al que va sentado frente a ti en el metro,
ponte
los pantalones del revés,
ve
a trabajar en pijama
y
sobre todo,
haz
lo que te apetezca,
siempre
lo que te apetezca.
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