martes, 18 de marzo de 2014

El exordio, el caos y demás historias.

Y es que de repente empiezas el último año de carrera. Entre besos, que tal el erasmus, cuanto tiempo sin verte, donde te metes, etc. llegas y te dicen, tienes que preparar tu Tefegé. ¿Mi tefequé? Tu Tefegé. Ah, curioso nombre. Trabajo de fin de grado. Ah, comprendo. Y sí amigos, había llegado el momento más esperado de la carrera (al menos el de aquellos deseosos de acabar la universidad). Y como bolonio-novatos que somos, pues resulta que nos toca escribir un Tefegé. Y esta curiosa palabra pasaría a ser una de las más pronunciadas a lo largo de todo el año. Todos hablan de ella y por supuesto, adquiere diversas variantes, tal como Tegefé, Tefeege, Tegetrabajodegrado, Tefecomosediga, etc. Total, que de repente había surgido la locura absoluta y era prioritario y primordial tener una idea híper clara y súper fantástica de lo que sería nuestro proyecto personal. Profesores, compañeros, tutores, el decano, el catedrático, el secretario, la señora de la limpieza, tus padres, tu abuela la cajera del súper, el musculitos del gimnasio y tu vecino del quinto se interesan por saber qué demonios vas a hacer con tu Tefegé. Y tú dices, ¿mi Tefequé? Porque claro, sigues pensando que quedan 10 meses para presentar el famoso trabajito. Y eso son 300 días, ni más ni menos. Pues ya se te ocurrirá algo, dices. Pero no, quieren la idea brillante, y la quieren ahora. No sé si os pasará a vosotros, pero yo nunca he tenido ni una idea híper clara ni una idea súper fantástica. Y creo que precisamente por eso, es por lo que he llegado a realizar un trabajo como este.
Vale, busquemos la idea. Idea, idea, idea, idea. Pero la idea no viene. Entonces nos planteamos, ¿qué son las ideas? ¿cómo se alcanzan? Porque yo sé que las tengo, sé que están ahí… pero parecen hablar en un idioma diferente, en un idioma que no llego a entender. Las visualizo en mi cabeza, pero de una forma abstracta, sin llegar del todo a comprender los contornos de sus escurridizas figuras. Y en estas cavilaciones estaba, tendida boca arriba en una cama, a oscuras, mirando un techo en el que alguien había escrito en alguna ocasión “te amo” con pintura de esa que brilla en la oscuridad. Supongo que a alguien le debió parecer romántico en su momento. A mí la verdad que me dio un susto de muerte la primera vez que lo vi. Espera, espera, espera, que ya está mi cabeza yéndose por las ramas. Malditas ideas fugaces. Venga, concéntrate, el tema, la idea. Oye, ¿acaso las propias ideas no pueden ser la idea? ¿Tiene sentido? Papel, papel, necesito escribirlo, tío pásame un folio, rápido, necesito apuntarlo. ¿Apuntar qué? La idea. ¿Qué idea? Yo que sé, no importa. No tengo papel. Que sí, que sí, lo que sea, búscame algo, rápido porfa. Y este fue el resultado, anotado de cualquier manera en los reversos de unos tickets de supermercado.

“La idea como elemento subjetivo, lejano, fugaz. Fluye y se escapa, como agua. Cambia a merced del elemento que la contiene o de las cosas que se encuentran en su medio. Forma abstracta que no se manifiesta ante un movimiento consciente. Como el último resquicio del sueño que queda colgado de la alarma del despertador. Sabes que ha existido y que aún hay alguna reminiscencia a la que no puedes acceder mediante las herramientas de la consciencia. Necesitas de la hipnosis para extraer el subconsciente.
La imposibilidad de alcanzar una idea. Palabras e imágenes que no podemos descodificar, un idioma que no conocemos. Como tener algo en la punta de la lengua. El exceso de información bloquea el punto importante. Está ahí pero lo vemos a través de un cristal traslúcido. Sombras, humo, un tren que se aleja. Una cortina que se interpone. Lo ves, lo escuchas, podrías describirlo, pero en otro idioma. La escritura automática, los reflejos, los automatismos, ¿pueden sacarlo?”

A ver, enséñamelo. No. Venga, encima que me he levantado a por el papel. Duérmete. Y en realidad daba igual que lo viera o no. Porque de repente, un 27 de octubre a las tres de la madrugada, ya estaba todo hecho. A mi modo de ver las cosas ya tenía el famoso Tefegé terminado. Y es que todo lo que vino después, los sujetos, las introspecciones, el encuadernarlo en acordeón o colgarlo de la pared, las vanguardias, Freud y los libros de artista, ya no tenían importancia. Y es que es algo secundario. Solo pilares teóricos, que habrían estado bien incluso sin haber existido. Porque la magia estaba hecha. La idea, es idea. Y es idea aún sin volverse corpórea.

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