Y es que de repente empiezas el
último año de carrera. Entre besos, que tal el erasmus, cuanto tiempo sin
verte, donde te metes, etc. llegas y te dicen, tienes que preparar tu Tefegé.
¿Mi tefequé? Tu Tefegé. Ah, curioso nombre. Trabajo de fin de grado. Ah,
comprendo. Y sí amigos, había llegado el momento más esperado de la carrera (al
menos el de aquellos deseosos de acabar la universidad). Y como bolonio-novatos
que somos, pues resulta que nos toca escribir un Tefegé. Y esta curiosa palabra
pasaría a ser una de las más pronunciadas a lo largo de todo el año. Todos
hablan de ella y por supuesto, adquiere diversas variantes, tal como Tegefé,
Tefeege, Tegetrabajodegrado, Tefecomosediga, etc. Total, que de repente había
surgido la locura absoluta y era prioritario y primordial tener una idea híper
clara y súper fantástica de lo que sería nuestro proyecto personal. Profesores,
compañeros, tutores, el decano, el catedrático, el secretario, la señora de la
limpieza, tus padres, tu abuela la cajera del súper, el musculitos del gimnasio
y tu vecino del quinto se interesan por saber qué demonios vas a hacer con tu
Tefegé. Y tú dices, ¿mi Tefequé? Porque claro, sigues pensando que quedan 10
meses para presentar el famoso trabajito. Y eso son 300 días, ni más ni menos.
Pues ya se te ocurrirá algo, dices. Pero no, quieren la idea brillante, y la
quieren ahora. No sé si os pasará a vosotros, pero yo nunca he tenido ni una
idea híper clara ni una idea súper fantástica. Y creo que precisamente por eso,
es por lo que he llegado a realizar un trabajo como este.
Vale, busquemos la idea. Idea,
idea, idea, idea. Pero la idea no viene. Entonces nos planteamos, ¿qué son las
ideas? ¿cómo se alcanzan? Porque yo sé que las tengo, sé que están ahí… pero
parecen hablar en un idioma diferente, en un idioma que no llego a entender.
Las visualizo en mi cabeza, pero de una forma abstracta, sin llegar del todo a
comprender los contornos de sus escurridizas figuras. Y en estas cavilaciones
estaba, tendida boca arriba en una cama, a oscuras, mirando un techo en el que
alguien había escrito en alguna ocasión “te amo” con pintura de esa que brilla
en la oscuridad. Supongo que a alguien le debió parecer romántico en su
momento. A mí la verdad que me dio un susto de muerte la primera vez que lo vi.
Espera, espera, espera, que ya está mi cabeza yéndose por las ramas. Malditas
ideas fugaces. Venga, concéntrate, el tema, la idea. Oye, ¿acaso las propias
ideas no pueden ser la idea? ¿Tiene sentido? Papel, papel, necesito escribirlo,
tío pásame un folio, rápido, necesito apuntarlo. ¿Apuntar qué? La idea. ¿Qué
idea? Yo que sé, no importa. No tengo papel. Que sí, que sí, lo que sea,
búscame algo, rápido porfa. Y este fue el resultado, anotado de cualquier
manera en los reversos de unos tickets de supermercado.
“La idea como elemento subjetivo,
lejano, fugaz. Fluye y se escapa, como agua. Cambia a merced del elemento que
la contiene o de las cosas que se encuentran en su medio. Forma abstracta que
no se manifiesta ante un movimiento consciente. Como el último resquicio del
sueño que queda colgado de la alarma del despertador. Sabes que ha existido y
que aún hay alguna reminiscencia a la que no puedes acceder mediante las
herramientas de la consciencia. Necesitas de la hipnosis para extraer el
subconsciente.
La imposibilidad de alcanzar una
idea. Palabras e imágenes que no podemos descodificar, un idioma que no
conocemos. Como tener algo en la punta de la lengua. El exceso de información
bloquea el punto importante. Está ahí pero lo vemos a través de un cristal
traslúcido. Sombras, humo, un tren que se aleja. Una cortina que se interpone.
Lo ves, lo escuchas, podrías describirlo, pero en otro idioma. La escritura
automática, los reflejos, los automatismos, ¿pueden sacarlo?”
A ver, enséñamelo. No. Venga,
encima que me he levantado a por el papel. Duérmete. Y en realidad daba igual que lo
viera o no. Porque de repente, un 27 de octubre a las tres de la madrugada, ya
estaba todo hecho. A mi modo de ver las cosas ya tenía el famoso Tefegé
terminado. Y es que todo lo que vino después, los sujetos, las introspecciones,
el encuadernarlo en acordeón o colgarlo de la pared, las vanguardias, Freud y
los libros de artista, ya no tenían importancia. Y es que es algo secundario.
Solo pilares teóricos, que habrían estado bien incluso sin haber existido.
Porque la magia estaba hecha. La idea, es idea. Y es idea aún sin volverse
corpórea.
No hay comentarios:
Publicar un comentario